Un voto por persona
Cuando quieres un ganador claro
Cada persona apoya una sola propuesta. Es lo más fácil de entender y lo más rápido de explicar, y tiende a concentrar el resultado en pocas actuaciones grandes.
Un presupuesto participativo es sencillo de enunciar y fácil de estropear. Esto es cómo se organiza fase a fase, qué formas de votar existen y qué hay que evitar para que el proceso no se quede en una foto.
Cualquier vecino presenta su idea desde el móvil, con fotos y con el punto exacto del mapa. Un asistente le ayuda a redactarla para que llegue bien explicada, y no como una línea imposible de evaluar.
Cada propuesta llega al técnico con un análisis previo hecho: si es competencia municipal, qué coste aproximado tiene, si encaja en el presupuesto y si ya se intentó algo parecido. El técnico decide, pero no parte de cero.
Se vota solo lo que es viable, con la identidad comprobada y sin que nadie pueda votar dos veces. Un voto por persona, varios votos o repartir el presupuesto entre propuestas, según el proceso.
Lo elegido pasa a ejecución con su estado visible. La gente ve en qué punto está lo que votó, que es justo lo que falla en la mayoría de procesos y lo que hace que no vuelvan al siguiente.
Los datos finales quedan publicados: qué se propuso, qué se descartó y por qué, qué se votó y con cuántos votos. La rendición de cuentas del proceso sale del propio proceso.
No es un detalle de configuración. El sistema de voto decide si gana una actuación grande o se reparten varias pequeñas, y conviene elegirlo a conciencia antes de publicar las bases.
Cuando quieres un ganador claro
Cada persona apoya una sola propuesta. Es lo más fácil de entender y lo más rápido de explicar, y tiende a concentrar el resultado en pocas actuaciones grandes.
Cuando quieres repartir el apoyo
Cada persona reparte un número fijo de votos entre las propuestas que prefiera. El resultado suele ser más plural y refleja mejor las prioridades de cada barrio.
Cuando quieres que se note que hay que elegir
Cada persona asigna dinero a las propuestas hasta agotar el presupuesto disponible. Es la fórmula que mejor enseña que decidir es renunciar, y la que produce debates más maduros.
Gana algo que no se puede hacer, y el ayuntamiento queda en la posición de incumplir su propio proceso.
La persona que la presentó no vuelve, y cuenta a su entorno que el proceso está amañado.
Basta con que alguien sospeche del recuento para que el resultado deje de servir como mandato.
Sin seguimiento de la ejecución, al año siguiente la convocatoria se encuentra con un vecindario escarmentado.
Es un proceso por el que una administración reserva una parte de su presupuesto y deja que la ciudadanía decida en qué se gasta. Los vecinos presentan propuestas de mejora, los técnicos municipales comprueban cuáles son viables, se vota entre las viables y lo más votado se ejecuta. No es una encuesta de opinión: el dinero está comprometido de antemano.
No hay una cifra correcta, pero sí dos errores frecuentes. Reservar tan poco que no dé para nada relevante hace que la gente sienta que la han entretenido. Reservar tanto que luego no se pueda ejecutar en el ejercicio produce el daño contrario, que es peor: propuestas ganadoras sin hacer. Lo sensato es una cantidad que se pueda ejecutar de verdad en plazo y que permita al menos varias actuaciones visibles.
Lo decide la entidad en sus bases. Lo habitual es abrir la presentación de propuestas a cualquiera y restringir la votación a las personas del censo de votantes que la entidad carga, a menudo con una edad mínima. La plataforma comprueba la identidad contra ese censo, así que la regla que escribas en las bases es la que se aplica.
Con una fase de revisión técnica antes de votar. Solo se somete a votación lo que tus técnicos han declarado viable, y lo descartado se publica con su motivo. Cada propuesta llega al técnico con un análisis previo de competencia municipal, coste aproximado, encaje presupuestario y antecedentes, pero la decisión es siempre suya.
Depende de las fechas que fijes, pero un ciclo típico reparte unas semanas para presentar propuestas, unas semanas para la revisión técnica y unos días o un par de semanas para votar. Lo que no conviene es alargar la revisión: es la fase en la que el proceso se enfría y donde se pierde la atención que se ganó al principio.
Tres. Un voto por persona, que es lo más simple. Varios votos por persona, que reparte mejor el apoyo. Y repartir una cantidad de dinero entre las propuestas que cada uno prefiera hasta agotar el presupuesto, que es la que mejor transmite que decidir implica elegir y renunciar a otras cosas.
Contarles qué pasó con lo suyo. Que cada propuesta descartada tenga su motivo publicado, que las ganadoras muestren en qué punto de ejecución están y que los resultados queden accesibles. La participación se pierde casi siempre en el silencio posterior, no en la convocatoria.
Cuéntanos cómo fue la última vez y te enseñamos cómo quedaría el proceso entero.
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