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Cómo redactar las bases de un presupuesto participativo (apartado por apartado)

Las bases son cuatro folios que deciden si el proceso sale bien. Qué debe contener cada apartado, qué decisiones hay que tomar antes de convocar y cuáles son los errores que más caros salen.

Gesgocom
9 min de lectura

Las bases de un presupuesto participativo son cuatro folios que deciden si el proceso sale bien. Se redactan antes de convocar, cuando todavía no hay nadie mirando, y se convierten en el único sitio al que agarrarse cuando aparece el primer conflicto: la propuesta que alguien considera excluida injustamente, el vecino que dice que no le dejaron votar, el resultado que un grupo político discute.

Esto es lo que tienen que contener, apartado por apartado, con las decisiones que hay que tomar en cada uno y los errores que más caros salen.

1. Objeto y cantidad

Qué se somete a decisión ciudadana y cuánto dinero hay. Parece obvio y es donde empiezan los problemas.

La cantidad debe ser ejecutable de verdad en el ejercicio previsto. Reservar poco convierte el proceso en un gesto y la gente lo nota enseguida. Reservar mucho produce un daño peor: propuestas ganadoras que no se ejecutan, que es la forma más eficaz de que no haya segunda edición.

Conviene decir también de qué partidas sale y si la cantidad es para inversión o admite gasto corriente. La mayoría de procesos se limitan a inversión, porque el gasto corriente compromete ejercicios futuros y complica mucho la ejecución.

2. Qué queda fuera

El apartado que ahorra más disgustos. Conviene enumerar expresamente lo que no se admite:

  • Lo que no es competencia municipal: sanidad, educación reglada, carreteras de otra administración. Es la causa de exclusión más frecuente y la que más se explica mal.
  • Lo que afecta a suelo que no es municipal, salvo que exista convenio.
  • Lo que ya está comprometido en un contrato o un proyecto en marcha.
  • Gastos de personal, subvenciones nominativas y gasto corriente recurrente.
  • Actuaciones que superen la cantidad disponible por sí solas, si se ha decidido así.

Escribirlo por adelantado convierte una exclusión en la aplicación de una regla conocida, en lugar de en una decisión arbitraria del ayuntamiento contra una idea concreta.

3. Quién propone y quién vota

Son dos preguntas distintas y conviene no mezclarlas.

Lo habitual es abrir la propuesta a cualquiera, incluso a quien no está empadronado, porque una buena idea es una buena idea venga de donde venga y porque restringir aquí solo reduce el volumen de entrada. Para votar, en cambio, casi todos los procesos exigen figurar en el censo que determine la entidad, a menudo con una edad mínima.

Si se fija una edad mínima por debajo de los dieciocho años, conviene decidir también si hace falta autorización de la persona tutora y cómo se acredita. Y si se admite a personas no empadronadas con vínculo con el municipio, por propiedad o por actividad económica, hay que decir cómo se acredita ese vínculo.

La regla que escribas aquí es la que tendrá que comprobar el sistema. Si no se puede comprobar, no es una regla: es una aspiración.

4. Cómo se comprueba quién vota

El apartado que sostiene la credibilidad de todo lo demás. Las bases deben decir con qué se identifica la persona, qué comprobación se hace y qué impide votar dos veces.

Exigir certificado digital o Cl@ve resuelve la identidad y hunde la participación, sobre todo entre la gente mayor, que suele ser la que más usa los servicios municipales. La alternativa razonable combina la comprobación contra el censo, un código de un solo uso enviado al correo o al móvil de la persona, y un control que impida repetir voto.

Digas lo que digas, dilo en las bases. Cuando alguien discuta el resultado, el documento que se lee es ese.

5. Requisitos de la propuesta

Qué tiene que traer una propuesta para poder evaluarse: descripción, ubicación, y poco más. Cuanto más pidas, menos propuestas recibirás, y no siempre las peores son las que se caen.

Es útil advertir de que no deben incluirse datos personales en el texto, porque las propuestas se publican. También conviene fijar un límite de propuestas por persona y decir qué pasa con las que llegan repetidas o son claramente la misma idea.

6. Revisión técnica: quién y con qué criterios

El corazón del proceso. Las bases deben decir qué órgano o servicio informa cada propuesta, qué criterios aplica y en qué plazo.

Los criterios que se usan casi siempre son cuatro: competencia municipal, viabilidad técnica y jurídica, encaje en la cantidad disponible y que no esté ya comprometido o ejecutado. Conviene añadir un criterio de reformulación: cuando una propuesta no es viable tal y como está pero sí lo sería con cambios, permitir proponerlos por escrito rescata muchas ideas que de otro modo se perderían.

Y una regla que parece menor y no lo es: toda propuesta descartada debe publicarse con su motivo. Si esto no está en las bases, no se hará, y esa omisión es la causa número uno de que la gente no vuelva.

7. Sistema de votación y desempate

Elegir entre un voto por persona, varios votos por persona o repartir el dinero entre propuestas no es un detalle de configuración: determina si gana una actuación grande o varias pequeñas. Conviene decidirlo a conciencia y explicarlo en una frase que entienda cualquiera.

Hay que fijar además cómo se resuelve el desempate y qué pasa cuando la propuesta más votada no agota el presupuesto. Lo razonable es seguir bajando por la lista hasta que el remanente no dé para la siguiente. Y decir qué se hace con ese remanente final, porque siempre queda alguno.

8. Calendario

Fechas concretas de cada fase: presentación de propuestas, revisión técnica, publicación de la lista de admitidas, votación y proclamación de resultados.

El error habitual es dejar la revisión técnica abierta. Es la fase en la que el proceso se enfría, la que menos se ve desde fuera y la que más se alarga si no tiene fecha de cierre. Ponle una y cúmplela aunque queden propuestas por informar; es preferible a perder la atención que costó tanto conseguir.

9. Ejecución y seguimiento

El apartado que casi nadie escribe y el que más vale. Debe decir en qué plazo se ejecutará lo elegido, quién informa del avance y dónde se publica ese avance.

Comprometerse por escrito a publicar el estado de ejecución es la diferencia entre un proceso que genera confianza acumulada y uno que la quema. La gente acepta que una obra tarde. Lo que no perdona es no saber nada durante dieciocho meses.

10. Protección de datos

Las bases deben informar de quién es el responsable del tratamiento, con qué finalidad y base jurídica se tratan los datos de quienes participan, cuánto tiempo se conservan y cómo ejercer los derechos. Y conviene decir expresamente qué se publica de cada propuesta, porque la persona que la presenta tiene derecho a saberlo antes de enviarla.

Un consejo final sobre la extensión

Unas bases de veinte páginas no protegen más que unas de cinco: solo garantizan que nadie las lea, incluidos quienes tienen que aplicarlas. Escribe lo que vas a poder cumplir, en el lenguaje más claro que puedas, y deja fuera todo lo que sea relleno administrativo.

Al final, las bases son una promesa pública sobre cómo se va a tratar a quien participe. Cuanto más concreta sea esa promesa y más fácil de comprobar, mejor te irá cuando llegue el momento de cumplirla.

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